Porque la mente piensa y a veces no, le da destinatarios a las letras o los desecha y de manera egoísta se las guarda en un cajón de cristal que nadie toca, cambia la perspectiva de un mundo o lo trasforma y destruye totalmente, porque no hay más que aflorar los sentidos en el momento menos indicado.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Esos Gatos Negros...
Me encontré, aquella vez, un pequeño gatito que paseaba en la ladera del frente de mi antigua casa. Ese día llegaba jactada de problemas y embrollos mentales de esos que yo suelo inventarme para creerme un ser que existe para algo importante. Mi lugar de reposo antes de sentarme ante hojas y cuadrados era aquella laderita en la cual el pasto esperaba a ser arrancado por mis manos trémulas llenas de deseos y frustraciones. Sin embargo, ese día no era habitual, ese momento del día cambió cuando saltando los dos escalones que dan salida, divisé una esfera más oscura que el paisaje verde. Sin pararme a pensar qué forma daba ese punto, me dirigí hacia el lugar para encontrarme a un felino de esos que dicen que dan mala suerte. Por mi cultura, lo más lógico hubiera sido alejarme de esa bola de pelos que me podría hacer más pesado el día, pero había aprendido a dejar poco a poco esas supersticiones a un lado.
Lentamente, temiendo que se espantara, me senté a unos pocos centímetros de él. Mi territorio estaba marcado, en una hora exacta, en el lugar exacto donde se sentaba el gato, podía meditar plácidamente y observar atardeceres que nadie más que yo había podido contemplar. Me revolví en el lugar tratando de acoplarlo a mi glúteo, pero no sirvió de nada.
Miré por primera vez al gato detenidamente y casi al mismo tiempo el gato volteó su penetrante mirada hacia mí.
Sentí un hipnótico deseo de salir huyendo sin volver a pisar el lugar hasta que el gato se fuera, pero contrario a mi deseo, mis ojos no dejaron de observar cada lagrimita que formaba el iris color verde que formaba parte del gran globo ocular. Entre ellas, se entretejían venas del tamaño de las risas de una hormiga y llevaban a caminos lejanos más allá de los atardeceres rosas y naranjas.
Se me hizo frío el tiempo, aunque el astro penetrara sobre mi mejilla volviéndola roja. La apatía hacia el mundo natural se dejaba entrever en mi escaso deseo de tocar ahora la hierba mojada por el rocío del mediodía. Mi actitud hacia el narcisismo se vio trocada cuando me miré al espejo de sus ojos y encontré mis cabellos rojizos brillar con una luz nunca antes vista. El mundo se detuvo por un momento para fijarse en mí y fijarse en mis incontables atributos.
El sol se escondió y el gato apartó la mirada de la mía y salió triunfante, como quien ha recibido el mayor gesto de éxito, con su andar elegante, aunque torpe por su corto tiempo de vida.
La vida giró de cien maneras y volvió a mi interior con preguntas que no querían ser formuladas ni respondidas.
Pero una quedó flotando en el mar de los escalofríos y recuerdos recientes.
"¿Dónde quedó mi atardecer?"
La respuesta llegó para siempre.
Se lo llevó aquél gato negro en su mirada.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario