domingo, 15 de septiembre de 2013

Sin mayores censuras [Escritura automática]

Si quisiera yo mirarlo a usted con la vista al frente estaría atada a un banco de preguntas constantes que buscan destinos presurosos y llenos de acciones para gente interesante.

Buscaría un mar de hielo y lo tiraría en ellos para hacer sanar su vida mediante la orgía de hielos frente a su frente amarilla.

No encontraría más remedio que pensar en un inteligente intelectualismo que roce por sus sienes y me lleve a lo profundo de un alma sabrosa que no tenga temor en hacer cualquier cosa con tal de encender una lámpara de que deje al lado la timidez mental.

No discurra en el hecho de ser mayor, bien sabe qué soy y cómo y cuándo y dónde y cómo vivo y por qué vivo y sin saberlo, mejor, me da la opción de alarde frente a un cerebro ignorante de pasión por personas que no piensan ni comen ni rezan sino que se sientan en un sillón a dejar pasar las tardes mientras un libro de poemas reposa frente a la mesa de la encimera llena de gusanos molidos que comerán los pájaros venido de Austria.

Venidero es el camino por el cual usted hacer alarde de un calor sublime que reposa en el fondo de su cuerpo plano. No resista al hecho de ser mayor, bien sabe usted que nada eso sirve al hacer situaciones apremiantes de deseos fogosos de placer mental. No importa, no se alarme, no deseo nunca más, estoy haciendo un ejercicio de antonomasia que no sirve de nada sino para dejar que la mente vuele por lugares que nunca diría, ni siquiera en mis hojas de papel en blanco del cuaderno rojo que representa el rojo vivo del fuego ardiente en venas de adolescentes llenos de ganas de salir al mundo por alguna diversión morosa de delicción.

El final de los finales se acerca, porque ya no sé que poner, mi mente se rebate sola entre contar o no contar la vida en una hoja de papel.

Saludos amigo forastero, espero que pronto esté bien. No haga ninguna imprudencia plena. Y sujétese bien el cinturón, no vaya a ser que se caiga y se dé en el coco y no pueda pensar nunca más.

sábado, 13 de julio de 2013

One of those moments with the infinite.

Aparentemente los poetas son los sufridos, los que no tienen vida, pero que la absorben toda y la destilan por sus poros convirtiéndolas en tintas indelebles.

Da la casualidad de que todos parecen poetas, se bañan en tinas con cigarros mojados, perezosos. Beben vino o cerveza, que es el vino de los pobres. Y se acuestan sobre la media noche esperando que una musa les de alimento para su alma.

Recorre por las calles el murmullo de lo absurdo, del suicidio, del amor inalcanzable, del magnetismo inmediato, del hedonismo, del halo de misterios, del sexo fugaz, de las relaciones intrascendentes, de la pura espontaneidad, del vocablo prodigioso e ingenioso.

Ahora bien, si nos agarramos de los anteriores epítetos, sólo queda preguntarme : ¿dónde quedo yo si deseo ser poeta?

domingo, 2 de junio de 2013

Ejercicios de clase...

Parafrasee el poema "Amor constante más allá de la muerte" del señor Francisco de Quevedo:


Puede la muerte llevarle pronto en su capa negra;
Puede cambiar su materia viva a una inerte, a la nada;
Puede apagar la luz que fulgura en sus ojos al salir el día;
Puede cambiar su eternidad al efímero viento en las tardes de calor.
Y su alma tendrá ocasión de salir del cuerpo,
Podrá irse del mundo de los mortales a otra dimensión,
Se desligará de los azares de la cotidiana vida,
E irá camino a un lugar desierto donde no debería brillar el sol.

Pero aún así, ésta no dejará sus remembranzas en la orilla de la laguna Estigia,
No dejará la memoria de sus recuerdos preciados.
No dará por vencidos sus deseos como los miles de mortales que pasan por aquél lugar.
No dará por sentado la sentencia que lo dejará con desazón.

Pasará, sí, pasará al Hades en su día final,
Pero irá al infierno con el recuerdo de las memorias de su amor,
Aunque deba sobrepasar el mandato que Zeus ha impuesto para transitar hasta la última etapa,
aquella ley divina que reina en el mundo de las almas.

El cuerpo ha constituido la prisión del alma,
y ésta ha sido la prisión del amor; no lo ha dejado jamás.
La materia se ha regocijado y ha sido objeto para ese amor.
Ha corrido por sus venas el elixir  de la eternidad.
En su piel se sintió cada sensación que el amor le proporcionó.
Todo su ser de cualquier forma sintió emoción infinita.

Se habrá ido del cuerpo el alma y ésta no tendrá objeto en el cual habitar.
Pero el amor estará con ella y se verá cobijada con su ímpetu.
El cuerpo se desvanecerá y se esfumará de la tierra.
Traerá olvido, pero ese olvido tendrá una razón.
La razón que a cualquier humano hace trascender y morir mil veces.


Sentirse enamorado aún cuando no exista la eternidad.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Esos Gatos Negros...

Me encontré, aquella vez, un pequeño gatito que paseaba en la ladera del frente de mi antigua casa. Ese día llegaba jactada de problemas y embrollos mentales de esos que yo suelo inventarme para creerme un ser que existe para algo importante. Mi lugar de reposo antes de sentarme ante hojas y cuadrados era aquella laderita en la cual el pasto esperaba a ser arrancado por mis manos trémulas llenas de deseos y frustraciones. Sin embargo, ese día no era habitual, ese momento del día cambió cuando saltando los dos escalones que dan salida, divisé una esfera más oscura que el paisaje verde. Sin pararme a pensar qué forma daba ese punto, me dirigí hacia el lugar para encontrarme a un felino de esos que dicen que dan mala suerte. Por mi cultura, lo más lógico hubiera sido alejarme de esa bola de pelos que me podría hacer más pesado el día, pero había aprendido a dejar poco a poco esas supersticiones a un lado. Lentamente, temiendo que se espantara, me senté a unos pocos centímetros de él. Mi territorio estaba marcado, en una hora exacta, en el lugar exacto donde se sentaba el gato, podía meditar plácidamente y observar atardeceres que nadie más que yo había podido contemplar. Me revolví en el lugar tratando de acoplarlo a mi glúteo, pero no sirvió de nada. Miré por primera vez al gato detenidamente y casi al mismo tiempo el gato volteó su penetrante mirada hacia mí. Sentí un hipnótico deseo de salir huyendo sin volver a pisar el lugar hasta que el gato se fuera, pero contrario a mi deseo, mis ojos no dejaron de observar cada lagrimita que formaba el iris color verde que formaba parte del gran globo ocular. Entre ellas, se entretejían venas del tamaño de las risas de una hormiga y llevaban a caminos lejanos más allá de los atardeceres rosas y naranjas. Se me hizo frío el tiempo, aunque el astro penetrara sobre mi mejilla volviéndola roja. La apatía hacia el mundo natural se dejaba entrever en mi escaso deseo de tocar ahora la hierba mojada por el rocío del mediodía. Mi actitud hacia el narcisismo se vio trocada cuando me miré al espejo de sus ojos y encontré mis cabellos rojizos brillar con una luz nunca antes vista. El mundo se detuvo por un momento para fijarse en mí y fijarse en mis incontables atributos. El sol se escondió y el gato apartó la mirada de la mía y salió triunfante, como quien ha recibido el mayor gesto de éxito, con su andar elegante, aunque torpe por su corto tiempo de vida. La vida giró de cien maneras y volvió a mi interior con preguntas que no querían ser formuladas ni respondidas. Pero una quedó flotando en el mar de los escalofríos y recuerdos recientes. "¿Dónde quedó mi atardecer?" La respuesta llegó para siempre. Se lo llevó aquél gato negro en su mirada.