Puede la muerte llevarle pronto en su capa negra;
Puede cambiar su materia viva a una inerte, a la
nada;
Puede apagar la luz que fulgura en sus ojos al salir
el día;
Puede cambiar su eternidad al efímero viento en las
tardes de calor.
Y su alma tendrá ocasión de salir del cuerpo,
Podrá irse del mundo de los mortales a otra
dimensión,
Se desligará de los azares de la cotidiana vida,
E irá camino a un lugar desierto donde no debería
brillar el sol.
Pero aún así, ésta no dejará sus remembranzas en la
orilla de la laguna Estigia,
No dejará la memoria de sus recuerdos preciados.
No dará por vencidos sus deseos como los miles de
mortales que pasan por aquél lugar.
No dará por sentado la sentencia que lo dejará con
desazón.
Pasará, sí, pasará al Hades en su día final,
Pero irá al infierno con el recuerdo de las memorias
de su amor,
Aunque deba sobrepasar el mandato que Zeus ha
impuesto para transitar hasta la última etapa,
aquella ley divina que reina en el mundo de las
almas.
El cuerpo ha constituido la prisión del alma,
y ésta ha sido la prisión del amor; no lo ha dejado
jamás.
La materia se ha regocijado y ha sido objeto para
ese amor.
Ha corrido por sus venas el elixir de la eternidad.
En su piel se sintió cada sensación que el amor le
proporcionó.
Todo su ser de cualquier forma sintió emoción
infinita.
Se habrá ido del cuerpo el alma y ésta no tendrá
objeto en el cual habitar.
Pero el amor estará con ella y se verá cobijada con
su ímpetu.
El cuerpo se desvanecerá y se esfumará de la tierra.
Traerá olvido, pero ese olvido tendrá una razón.
La razón que a cualquier humano hace trascender y
morir mil veces.
Sentirse enamorado aún cuando no exista la
eternidad.